Poner un pie en el avión y ver que el destino que me esperaba era una buena opción literaria.
Una mujer japonesa iba cargada con dos libros en el asiento contiguo. Y es que no se puede remediar mirar de reojo cuando ves que un libro se empieza a leer por el final. Y no es que la mujer tuviera alguna manía especial, sino que en Japón de muchos es conocido que la escritura es de derecha a izquierda, por lo que se lee “al revés” que en Occidente, es decir, de atrás hacia adelante.
Tampoco es extraño ver que una de las pocas personas que iba cargada de libros era originaria del país del Sol Naciente y es que un 91% de la población japonesa lee de forma habitual y cada habitante consume una media de 47 libros al año, casi 4 libros al mes. (Envidia sana)

 

Mujer leyendo un libro en el metro de Tokyo

 

Con esto me aventuré a entrar en alguna librería japonesa. Allí todo es kilométrico: estanterías kilométricas, filas de personas esperando kilométricas y montañas y montañas de libros expuestos de manera original: en forma de escalera, de montaña…
Y llegó el momento: abrir uno de los libros y dignamente aparentar que me interesaba por su contenido sin levantar sospecha en los trabajadores que acechaban, lo de levantar sospecha lo digo porque alguien que solo conoce la palabra Arigatoo o Konnichiwa, llama la atención en los oriundos cuando tímidamente abre un libro japonés y lo hace desde el principio como lo hacemos en España disimulando como si entendiera todo lo que allí se plasmaba, vamos, un cuadro.
Me sorprendió el precio de estos, un libro con una edición en pasta dura y con cuidadas ilustraciones cuesta en torno a 1.600 yenes, unos 12 euros. El libro, en la estantería de últimas novedades, o eso entendí, ¡baratísimo! Aquí en España estas ediciones suelen llegar fácilmente a los 20 euros. Seguí mirando y continué sorprendiéndome: ¡libros infantiles preciosos por menos de 8 euros! Las ediciones salen muy baratas debido a que las tiradas son muy grandes, las cifras de autores y lectores se disparan en Japón y convierten a este país en uno de los más devoradores de libros del mundo.
Tanto es así que la venta de libros de segunda mano está en pleno auge, debido al gran número de libros que hay, su gran consumo y su sugerente precio.
No solo de letras vive la literatura, también hay que destacar la labor de diseñadores gráficos y dibujantes. En Japón absolutamente todo lo explican con ilustraciones. Por lo que si eres diseñador, ilustrador o dibujante y quieres vivir de ello, Tokio puede ser una buena opción para tu trabajo. Los cómics y el manga son en el distrito de Akihabara en Tokio todo un referente, allí te encontrarás con tiendas especializadas en ello y cualquiera lee estos libros: hombres trajeados, jóvenes… Allí puedes encontrar los manga-kissa, que son unos café biblioteca en la que puedes reservar un pequeño espacio para leer tus comics favoritos.
Y es que estar en un país donde se cuida tanto la literatura es un placer. Hasta tienen una festividad en torno a ella. Baikaisai, o el Festival de la flor del ciruelo, se lleva a cabo en Kitano Tenman en Kyoto en el mes de febrero para honrar la memoria de la patrona de la literatura deificado a Sugawara Michizane.
Sentado en un cubículo de una librería en Kioto, leyendo (o haciendo que leo) un libro en japonés de pastas duras e ilustraciones preciosas que pocos leen, me despido y os dejo esta frase de Murakami: “Si solo lees libros que todos leen, solo puedes pensar lo que todos están pensando”.

Pues eso, a leer cosas diferentes para pensar cosas diferentes. Lean, lean y viajen mucho.

Naci un otoño del 82 mientras Isabel Allende lanzaba su primera novela y las hojas amarilleaban en Madrid.
Treinta y un años después se editó la mía: «Parecían sombras». Desde entonces escribo todo lo que se me ocurre: poesía, más novelas, microrrelatos…
Mi cita favorita viene de otro escritor: «El que resiste, gana».
Mientras tanto vivo y soy feliz.

ÁNGEL M. CASTILLO DE LAS PEÑAS

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