Cómo escribir diálogos y no parecer un robot de otro planeta

Una de las partes más complejas a la hora de escribir un relato es la utilización de diálogos. Muchos autores incluso intentan esquivarlos debido a su complejidad. Pero al miedo hay que enfrentarse con valentía y solo conseguiremos un diálogo que suene natural con la técnica del ensayo-error.

Porque sí, hay que equivocarse. A escribir se aprende escribiendo y leyendo, como el montar en bicicleta se aprende montando sin ruedines de atrás y cayéndose.
Uno de los principales puntos en la construcción de diálogos es la naturalidad. El autor debe despojarse de sus propios pensamientos, del qué pensará el lector si cree que yo pienso lo mismo de lo que dice este personaje.

Tenemos que poner por base que los personajes son variopintos y no tienen por qué comulgar con lo que el autor opina. Uno de los puntos principales para que el diálogo parezca natural y la historia real es no buscar palabras enrevesadas, muchas veces cuanto más simple más credibilidad daremos.

Pongamos este ejemplo, imaginemos que tenemos dos personajes que comienzan un discurso y el autor lo plasmara así:

—¡Córcholis! Qué difícil es escribir un diálogo natural —exhortó el escritor.
—Sí, es cierto —exclamó su ayudante.

 

Lo primero que vemos en el diálogo es la antinaturalidad. Pocas personas utilizan en el siglo XXI la expresión córcholis, al menos de forma habitual ¿Por qué no utilizar una palabra más natural aunque yo como autor sea muy educado? Tampoco decimos que nos pasemos y entremos en la vulgaridad total (siempre dependiendo del perfil del personaje, no es lo mismo un ladrón de baja alcurnia que podrá utilizar cientos de tacos que el ministro de un país que cuidará más su lenguaje). Quizás un “Joder” sería una opción más natural y creíble.
Igualmente en la utilización de verbos que introducen la explicación, no deberíamos abusar de expresiones rebuscadas siendo siempre mejor utilizar verbos como dijo, respondió, etc…Es decir, algo natural (siempre sin que caigamos en el error de repetirlos excesivamente) A veces no hace falta utilizarlos cuando la conversación es entre dos individuos, no es necesario explicar quién dice qué en cada frase.

Viendo esto el diálogo sería más natural de esta manera:

—¡Joder!¿Tan complicado es escribir un diálogo? Leyendo tus obras creí que sería más sencillo —dijo el escritor.
—A mí me costó muchas horas de escritura, pero aprenderás —respondió su ayudante.

Un buen truco para saber si el diálogo construido es antinatural o suena bien, es leerlo en voz alta; si algo te chirría, mejor romper la hoja y rehacerlo de nuevo.
Si tuviéramos que comentar los dos fallos que más se producen a la hora de construir diálogos deberíamos hablar de los siguientes:

• Cada personaje suelta su discurso convirtiendo el diálogo en un monólogo.
• A veces, el escritor se pierde y no sabe realmente quién está hablando cuando hay varios personajes interactuando.

Sobre los diálogos hay un mundo por delante, todo depende del personaje, de cómo piense, del entorno en que se mueva, de sus vivencias y de a quién se dirija. Además a través de los diálogos se pueden explicar muchas cosas: un lugar, un hecho, un dato histórico, lo que no se ve, lo que se intuye y lo que se quiere ocultar.
El único truco para construir diálogos que suenen a verdad es equivocándonos, solo así aprenderemos a escribirlos.

Estos pequeños consejos pueden ayudarte en la construcción de tus diálogos: escucha el habla de la calle. Evita el excesivo decoro y no ser pomposo. Establece un registro lingüístico, que cada personaje sea diferente y no sean clones. Al igual que en el mundo real cada uno habla de una manera distinta. No abusar del verbo decir pero tampoco utilizar verbos estrambóticos. Documéntate sobre el habla de la época, no habla igual Sancho Panza que Christian Grey de “50 Sombras…” Cuidado con los personajes monologuistas. A veces hay que utilizar silencios, ponte en el lugar del otro y sé consciente de que a veces te han preguntado algo y no has contestado, en la literatura es igual. No expliques, avanza. El oído es el único juez: lee en voz alta y si te convence es que lo has hecho bien.

Y recuerda, ante la duda, lee. Lee mucho y escribe mucho.

Naci un otoño del 82 mientras Isabel Allende lanzaba su primera novela y las hojas amarilleaban en Madrid.
Treinta y un años después se editó la mía: «Parecían sombras». Desde entonces escribo todo lo que se me ocurre: poesía, más novelas, microrrelatos…
Mi cita favorita viene de otro escritor: «El que resiste, gana».
Mientras tanto vivo y soy feliz.

ÁNGEL M. CASTILLO DE LAS PEÑAS

¿Conoces la última novela de Ángel Castillo? Pincha aquí 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *